lunes, 29 de diciembre de 2008

Capitulo 10

Este fortuito giro del destino

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¡Estás aquí, como en un sueño!

Los ángeles, a veces,

Se encuentran sobre la Tierra.

Alain Boublil y

Jean-Marc Natel

Había sido un día frenético para Flammy Hamilton, pero ella ya estaba habituada al trabajo duro del hospital ambulante. Miles de heridos habían recibido atención médica durante los dos días que la batalla había durado; sin embargo, aún más hombres estaban esperando su turno para recibir los primeros auxilios, luchando entre tanto por sus vidas. Flammy estaba exhausta pero tenía aún una última tarea que cumplir antes de que su turno terminase: debía colocar etiquetas en 150 pacientes que estaban en la lista de casos delicados. Tan pronto como llegase el tren, aquellos hombres serían enviados a diferentes hospitales en Château-Thierry y París.

La joven morena tomó la caja con etiquetas y un cuaderno con la lista de cada paciente que sería enviado aquella misma tarde. Era un trabajo de rutina, pero Flammy estaba consciente de la importancia de aquella simple tarea. Cualquier error podría tener consecuencias mortales si el paciente era enviado al hospital equivocado.

La joven empezó el trabajo con su eficiencia característica, no veía directamente a los rostros de los hombres. En lugar de ello solamente echaba una ojeada a los nombres en las etiquetas y a los detalles del reporte médico. En tales situaciones una enfermera no podía darse el lujo de tratar a los pacientes de manera muy personal, o no sería capaz de resistir la experiencia. . . Bueno, tal vez solamente una enfermera que Flammy conocía bien era capaz de enfrentar el desgaste emocional de involucrarse con sus pacientes, especialmente cuando éstos morían a cada segundo, pero Flammy no era esa clase de heroína de la medicina y preferiría simplemente mantenerse en la seguridad de su trato frío e impersonal.

A pesar de sus estrictos principios, ella no podía evitar que el corazón se le contrajera de vez en cuando al acercarse a un paciente y darse cuenta de que el caso no tenía remedio. En muy raras ocasiones la joven levantaba la vista para mirar a los ojos del paciente.

Flammy se encontraba justo en frente de un soldado con tres heridas de bala. La joven enfermera no requirió mucho tiempo para darse cuenta de que el hombre probablemente no sobreviviría. Una de las balas había penetrado a través de las costillas y era probable que estuviese moviéndose hacia el corazón. Ella había visto cómo en ese tipo de casos frecuentemente el paciente no llegaban a tiempo al hospital, sino que solía morir en el camino.

Fue entonces cuando, como si hubiese sido movida por una fuerza extraña, la joven levantó la mirada y vio al hombre. Flammy Hamilton nunca olvidaba una cara y aún cuando el hombre estaba transfigurado por el polvo, lodo y sangre que tenía sobre todo el cuerpo, ella inmediatamente lo reconoció.



¡Cielo Santo! – pensó - ¡Mi pobre Candy! ¡Qué cruel es la vida contigo!

Flammy observó los nombres del soldado y del hospital a donde el paciente había sido asignado: “Terrence G. Granchester, Hôpital Saint Honoré”, rezaba la etiqueta.

La joven era sin duda la enfermera más eficiente del mundo. Sabía bien cómo hacer su trabajo y nunca cuestionaba el juicio de sus superiores, pero ese día, en contra de sus más caros principios éticos y profesionales, Flammy Hamilton hizo algo que nunca pensó llegar a hacer: cambió la etiqueta y escribió en una nueva: “Hôpital Saint Jacques”



Puede que él no se merezca esta oportunidad – pensó Flammy – Sin embargo, Candy sí se la merece.

Y acto seguido la joven continuó su trabajo con paso calculado.



Aún tengo que colocar las etiquetas de 76 pacientes más – se dijo a sí misma.

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Si bien Flammy estaba trabajando dura y sostenidamente en el hospital ambulante, Candy no estaba menos ocupada en París. Se estaban recibiendo nuevos pacientes cada hora y los quirófanos no eran suficientes para afrontar el número de operaciones que tenían que realizarse una tras otra. Candy había estado asistiendo en cirugía por unas cinco horas hasta entonces y era sólo el comienzo de un largo turno de 12 horas, quizá más.



Candy, hay un nuevo paciente en el quirófano contiguo – ordenó Yves cuyos ojos grises estaban irritados por el gran cansancio, producto de un trabajo largo y forzado – Tres balas, una cerca del pulmón derecho, la segunda cerca del corazón y la tercera en la pierna derecha. Necesito que laves las heridas y lo prepares para cirugía inmediatamente, podríamos perderlo si no sacamos esas balas de inmediato.

Correcto - contestó la joven con voz inexpresiva y enseguida se dio la vuelta dirigiéndose hacia el lugar donde yacía el paciente.

Desde la mañana, Candy había estado actuando como si estuviese en otro mundo, sus movimientos eran automáticos, su sonrisa parecía desvanecerse y sus ojos estaban ensombrecidos, pero todo mundo estaba tan ocupado que el inusual estado de ánimo de la joven pasó desapercibido en medio del agitado frenesí de aquel día.

La joven no podía deshacerse de la espantosa sensación que le había dejado la pesadilla de la noche anterior. Era una clase de inconfesable vacío, un callado horror dentro del alma y a pesar de toda esa negrura, Candy sabía que su deber no podía esperar hasta que ella se sintiese mejor, así que continuó trabajando como siempre mientras internamente luchaba por controlar sus inexplicables temores.

Candy entró al cuarto donde un cuerpo inconsciente la esperaba. Tomó una bandeja con agua y jabón en una mano y unas tijeras en la otra, poniéndolas luego en una mesa cerca de la camilla.

Acto seguido, la joven volvió el rostro y comprendió en una sola fracción de segundo las razones de su pesadilla.

Lo que pasó en el corazón de Candy en aquel breve instante estaba más allá de sus miedos más aterradores. Había estado trabajando como enfermera militar por un año y en ese tiempo había

soportado con estoicismo los más sangrientos espectáculo de cuerpos mutilados y quemados, pero a pesar de todo el horror que había presenciado, sus piernas nunca habían temblado, su mano nunca había flaqueado, ni siquiera una vez. Sin embargo, cuando Candy reconoció que el hombre que yacía inconsciente frente de ella, mientras su torso sangraba copiosamente a pesar de los vendajes, era Terrence Grandchester, ella sintió que el mundo entero había llegado a su fin.

Candy creyó desmayarse al tiempo que una voz interna le decía: “¡Esto no puede ser cierto!” La

joven se llevó una mano a la boca mientras sentía cómo las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Dentro de ella, un pungente dolor cercenaba su corazón con la fuerza más pujante que ella jamás había tenido que soportar.



¡No puedo hacer esto! – se dijo dando un paso hacia atrás y dejando las tijeras sobre la mesa, pero antes de que pudiese hacer otro movimiento un ronca voz femenina sonó en su memoria.

¡Olvida que eres mujer! ¡Ahora eres una enfermera! ¡Recuérdalo bien, “torpe”! – le dijo la voz de Mary Jane resonando en su mente - ¡Hay un trabajo que hacer! ¡No me hagas pensar que solamente malgasté mi tiempo enseñándote! Ahora toma esas tijeras y prepara a ese hombre para la cirugía.

Como si la anciana hubiese estado realmente detrás de ella, Candy asintió con la cabeza en silencio y con manos sorprendentemente firmes, tomó las tijeras y comenzó a cortar el uniforme del joven. La muchacha vertía lágrimas silenciosas mientras sus dedos retiraban los pedazos de tela descubriendo las heridas sobre el firme pecho del joven. Candy desvistió al hombre con movimientos rápidos y cuando estuvo completamente desnudo continuó con su callada tarea lavando con cuidado el polvo y la sangre seca sobre toda la piel del joven, que estaba ya hirviendo en fiebre.

Si Terri no hubiese estado inconsciente y mal herido la situación hubiese sido extremadamente bochornosa para la joven, pero Candy había visto morir en cirugía a demasiados hombres por heridas menos impresionantes que las de Terri, así que su corazón no dejaba lugar en aquel momento para otro sentimiento que no fuese un inmenso miedo. Tal y como le había ordenado la

voz de Mary Jane, Candy había dejado de ser mujer por unos instantes para quedar reducida a una enfermera con un solo y desesperado propósito: salvar una vida.



¡Por favor, Señor, por favor! - suplicaba ella mientras continuaba preparando a su precioso paciente - ¡No le arranques la vida! ¡No a él! No me importa si me muero de soledad, no me interesa si tengo que pasar toda la vida lejos de él. No me quejaré si él está enamorado de alguien más. Te prometo que no pensaré en mi misma. Solamente lo quiero vivo, sano y salvo. Si él está vivo es suficiente para mi – pensaba ella y sus ojos color esmeralda temblaban detrás de las lágrimas.

Candy cubrió el cuerpo de Terri dejando solamente descubiertas las áreas en donde Yves operaría. Acto seguido se enjugó las lágrimas y dio un profundo suspiro.



Tengo un trabajo pendiente – se repitió a sí misma al tiempo que preparaba los instrumentos.

La operación fue larga y dramática. De vez en cuando Yves sentía que el paciente no sobreviviría debido a la gran cantidad de sangre que el hombre había perdido, pero a pesar de su propio pesimismo el joven médico continuó luchando por la vida del aquel hombre, sin saber que le salvaba la vida a su propio rival. La primera bala había penetrado a través del hombro del joven, alcanzando el área justo arriba del pulmón derecho. Afortunadamente el órgano estaba intacto y, aunque el músculo estaba dañado y tomó un buen rato poder extraer la bala, Yves pensó que había buenas probabilidades de que el paciente se recobrase de esa herida después de una larga convalecencia.

No obstante, la segunda bala había perforado entre las costillas del lado izquierdo y se encontraba demasiado cerca del corazón. Cuando Yves se percató de que tendría que buscar la bala en una zona tan delicada sintió que las piernas le flaqueaban, pero una mano suave sobre su hombro le infundió seguridad con inesperada fuerza.



Tú puedes hacerlo – susurró Candy – Tenemos que sacar esa bala o se nos habrá ido para cuando llega la mañana.

Yves asintió, hundiendo la mano en el pecho del paciente una vez más. Esta vez su instrumento quirúrgico encontró el objeto de hierro y lo sacó al tiempo que las dos enfermeras que lo acompañaban daban un respiro de alivio.

La tercera herida fue la menos problemática de todas, la bala apenas había penetrado el músculo de la pierna derecha y después de unas cuantas puntadas el problema estaba resuelto.

Una vez que las balas estaban ya reposando inocentemente en la charola de metal, el joven médico se apresuró a limpiar el área alrededor de las heridas y a cerrarlas con rápidas puntadas. A pesar del gran éxito de la cirugía, eso no garantizaba la vida del paciente. Sólo si sobrevivía a la fiebre que seguramente le atacaría durante la noche , el doctor podría aventurar un diagnóstico alentador. Había además el problema de infecciones posteriores, y el pulso cardíaco era un tanto irregular. En otras palabras, el caso era aún delicado.



Candy – llamó Yves a la joven enfermera cuando él se encontraba ya saliendo del quirófano – me gustaría que te encargaras de él esta noche y hasta que se despierte de la anestesia ¿Crees que podrás hacerlo? Quiero decir, sé que están muy cansada y todo eso, pero creo que el paciente puede entrar en crisis durante la noche y preferiría que hubiese alguien a su lado para cuidarlo.

No te preocupes Yves – dijo ella suavemente – lo voy a cuidar bien – concluyó ella con la primera de sus sonrisas sinceras del día. Si Yves hubiera sabido el verdadero significado de las palabras de la joven, tal vez hubiese lamentado la petición que acababa de hacer.

Candy anotó la prescripción de Yves y secretamente agradeció a Dios por darle la oportunidad de estar al lado de Terri en semejante momento. Mientras la joven estaba aún escribiendo en su carpeta, Yves se detuvo para ver al rostro del paciente y por un momento algo dentro de él le dijo que ya había visto a ese hombre con anterioridad. Sin embargo, no recordaba dónde. Incapaz de decir precisamente dónde había conocido al paciente, se limitó a salir del cuarto sin decir más, dejando a Candy sola con un Terri que dormía profundamente bajo el efecto de la anestesia.





Candy se sentó en una silla cerca de la cama de Terri. Las sombras nocturnas cubrían el pabellón silencioso y solamente los tímidos rayos de la luna filtrándose por los vidrios del ventanal rompían la completa oscuridad del lugar. El joven dormía entonces serenamente y su respiración parecía regular. Candy observó cómo la luna plateada dibujaba el delicado perfil del joven y por primera vez en la noche, el corazón de la muchacha dio un vuelco, mientras la enfermera de sangre fría que había estado en la sala de operaciones unos instantes antes desaparecía por completo para dar lugar a la mujer enamorada.

Sin embargo, Candy comprendía que la apostura de Terri, por más deslumbrante que fuese, no era la causa verdadera de sus perenne amor por él. La muchacha siempre había estado rodeada de jóvenes atractivos, pero entre todos ellos solamente aquel muchacho arrogante que en esos momentos se debatía entre la vida y la muerte, había sido capaz de robar su corazón con esa extraña mezcla de nobleza, rebeldía y secreta dulzura. Porque Candy sabía bien que a pesar de la fachada insolente, Terri podía ser sorprendentemente tierno y cariñoso cuando se sentía lo suficientemente seguro como para exponer sus verdaderos sentimientos.

Siempre tiene tanto miedo a ser lastimado – pensó ella al tiempo que su mano alcanzaba la de él que yacía inerte sobre las sábanas blancas.- Por favor, Terri, lucha por tu vida. Tienes aún tanto que dar. Siempre imaginé un futuro brillante para ti ¡Por favor Terri! ¡Vive para conquistarlo!- susurró Candy cerrando sus ojos mientras una lágrima solitaria rodaba por su mejilla.

La joven había renunciado a sus sueños de compartir ese futuro con él desde mucho tiempo atrás, y aún cuando sabía que las razones que los habían separado en el pasado ya no existían, Candy creía que aquellos sueños ya no tendrían la oportunidad de renacer. Ahí, en el pabellón adormecido, mientras sus dedos acariciaban suavemente la larga mano del joven, la chica pensaba que realmente no sabía mucho acerca de ese Terri en el albor de su edad adulta, quien dormía serenamente cerca de ella. ¿Qué planes tenía? ¿Había alguna mujer en sus pensamientos? ¿Estaba acaso enamorado de alguna joven afortunada cuyo nombre ella ignoraba?

Candy pensó luego que esas cosas realmente no eran relevantes , porque sabía que en el fondo de su corazón él siempre sería su Terri, y lo único verdaderamente importante en aquel momento era que él sobreviviese aquella noche para poder seguir adelante con su vida. Si ella no estaba destinada a compartir esa vida, eso era totalmente irrelevante para su prioridad más importante, la cual no era otra que verlo feliz.

El reloj en el bolsillo de Candy sonó sus campanillas y la joven supo entonces que era hora de tomar la temperatura e inyectar de nuevo al paciente. Era solamente el comienzo de una larga noche.

La fiebre reinició después de la media noche. Candy apartó sus ojos del libro que tenía en las manos cuando su atento oído escuchó cómo el más querido de sus pacientes comenzaba a moverse lentamente en su sueño. De inmediato trajo un balde con agua y un paño para poner sobre la frente del joven. En aquellos tiempos cuando la penicilina aún no era descubierta, las infecciones que provocan la fiebre no podían controlarse fácilmente. Lo que la ciencia médica podía hacer en esos casos era intentar reducirla con analgésicos, tales como la aspirina, o tal vez usar quinina para ciertas infecciones y enfermedades, como la malaria. Más allá de eso, no había nada que se pudiera hacer.

Candy comenzó a sentirse desesperada al darse cuenta de que la fiebre no parecía disminuir después de dos horas, al contrario, era más alta y Terri sudaba profusamente. La joven remplazó el agua por hielo y se sentó al lado de él, orando para sus adentros. Fue entonces cuando escuchó la voz del joven tratando débilmente de llamar un nombre.



La fiebre lo está haciendo delirar, - pensó ella, - ¿Qué es lo que está tratando de decir?

La joven aproximó su oído a los labios de Terri y su corazón estalló en un millón de luces cuando comprendió que él estaba llamándola. Las lágrimas llenaron los ojos de ella al instante. La joven no sabía si debía sentirse triste o feliz. Solamente alcanzó a tomar fuertemente la mano de él entre las suyas y a susurrar al oído del joven las más tiernas palabras que sus labios podían proferir.



Terri, Terri – murmuró – Soy yo, Candy. No tengas miedo, amor, estoy contigo. Por favor, por favor, ¡Lucha contra esta fiebre! ¡Lucha por tu vida! No sé lo que haría si algo malo te pasara. He perdido ya tanta gente querida ¡Por favor, no me hagas pasar por ese horror una vez más! – continuó ella mientras asía la mano de él y acariciaba la frente del joven con un cubo de hielo.

De ese modo permaneció por largo rato, siempre hablándole suavemente, sumidos en la oscuridad de la habitación, hasta que el sueño del joven se tornó sereno y tranquilo. Poco a poco la fiebre bajó su fuerza y Candy retiró la bolsa de hielo. Con el más tierno cuidado removió la ropa y las sábanas mojadas y secó el cuerpo del joven con ternura. Los primeros rayos de la aurora empezaban a rasgar el oscuro velo de la noche cuando Candy se sentó de nuevo en su silla, y antes de clavar la mirada en el libro que había dejado en la mesa de noche, volvió a mirar al joven que dormía profundamente.



Vas a estar bien . . . . mi amor – pensó mientras continuaba su lectura.

Él podía percibir claramente la esencia de rosas que llenaba el aire que respiraba. Era una dulce fragancia invadiendo sus sentidos con embriagadores acentos. Conocía bien ese perfume, ya había bebido de él tiempo atrás, en aquellos días cuando la vida era más luminosa y despreocupada.



Este sueño es en verdad el mejor que he tenido en años. – pensó – Es como si ella realmente estuviese a mi lado ¡Por favor, no quiero despertar ahora!

Por lo tanto se resistió a abrir los ojos hasta que un suave sonido de metal resonando sobre metal lo forzó a hacerlo. El joven no sabía que el sueño estaba a punto de empezar al momento que abriera los ojos para ver de nuevo la luz del día. Una delgada figura en vestido blanco estaba de pie cerca de él, dándole la espalda. Una pequeña mano de porcelana sostenía una diminuta botella de cristal mientras llenaba una aguja hipodérmica. Era una mujer.

Él estaba aún bajo el efecto de fuertes analgésicos y sus sentidos se hallaban un tanto aturdidos. Sin embargo, hubiese reconocido la línea de aquella espalda y las suaves curvas de aquellas caderas aún en la más densa niebla. Además, el perfume que originalmente lo había despertado no había desaparecido con el sueño. Era ella realmente.

La joven se dio la vuelta mientras sostenía la aguja con ambas manos. Sus profundos ojos de malaquita se enfocaron un momento en el instrumento y luego ella descendió sus iris verdes hasta encontrarse con unos ojos azules que la estaban mirando con inmensa sorpresa.



¡Terri! – dijo ella abrumada por una intensa emoción - ¡Despertaste!

Candy se arrodilló junto a la cama al tiempo que regalaba a Terri con aquella brillante y particular sonrisa que ella guardaba solamente para él. La mano de ella buscó instintivamente la mano de él y tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse y no abrazarlo llevada por la emoción del momento.



¡Terri! – alcanzó ella a repetir conteniendo las lágrimas.

¿Realmente eres tú? – preguntó él con voz enronquecida, aún no muy convencido de que no estaba en un sueño.

Por supuesto que soy yo,- se rió ella nerviosamente - ¿No ves mis pecas?- bromeó.

¡Tantas pecas!- dijo él devolviendo la broma y sonriendo con todas sus fuerzas. El joven intentó sentarse pero un dolor agudo en el pecho lo hizo desistir inmediatamente.

¡No hagas eso!- se apresuró ella tomándolo suavemente por los hombros – Acabas de pasar por una operación triple. No deberás dejar la cama en un tiempo.

El joven sintió que la piel de sus hombros ardía bajo el toque de Candy, pero la sensación era tan increíblemente placentera que instantáneamente llevó una de sus manos sobre la de ella, enviándole, sin saberlo, olas de calor que igualmente quemaron la piel de la muchacha. Ella dio un paso hacia atrás, alarmada por el profundo sentimiento que la había invadido.



Por favor, Terri, - dijo ella tratando de aplacar el estruendo que él había despertado en su corazón - Prométeme que vas a cooperar con nosotros para recuperarte.

¿Tan mal estoy?- preguntó el joven intrigado.

Tenías tres balas. – replicó ella en el tono más profesional, a pesar de los violentos martilleos de su corazón – Fuiste muy afortunado ya que ninguna de ellas alcanzó órganos vitales, pero las heridas son profundas y tomará un buen tiempo antes de que puedas moverte independientemente. Ahora, déjame ponerte esta inyección ¿Estás de acuerdo? – concluyó ella mientras tomaba la aguja que había dejado en la mesa, sobre una charola metálica.

Candy necesitó de toda su concentración para tomar el brazo del joven e inyectarlo con pulso firme, a pesar de que sus piernas se estremecían, sin saber si debía correr o quedarse. Él, por su parte, estaba totalmente mareado por la abrumadora verdad de estar al lado de ella y sentir las manos de la joven sobre su cuerpo. No era capaz de creer en su suerte aún cuando miraba a su ángel justo enfrente de él. Terri estaba acostumbrado a enfrentar los cambios desfavorables de la fortuna, pero aquella feliz coincidencia que lo había llevado cerca de Candy era un dichoso giro del destino, al cual no podía dar crédito, aún dudoso de que todo aquello estuviese pasando en realidad.



Debo haber muerto y esto es el cielo – pensó por un segundo, pero luego, una rápida aguja le hizo darse cuenta de que aún se contaba entre el número de los mortales – Creo que estoy vivo después de todo – se dijo – y entonces . . . esta es la oportunidad de mi vida – fue su último pensamiento antes de quedarse dormido una vez más.

Candy aguardó hasta la llegada de Yves para informarle personalmente acerca de las reacciones del paciente y hubiese continuado al lado de Terri si el doctor no hubiera insistido vehementemente para que ella tomara un descanso. La joven dejó el pabellón con pasos reticentes, pero con cada nueva zancada que daba hacia su cuarto empezó a sentir que sus pies no tocaban el suelo. Cuando llegó a su habitación se arrojó en la estrecha cama y después de un profundo suspiro, las lágrimas empezaron a correr libremente por sus mejillas bañando su rostro, dejándole una refrescante sensación en la piel. Aquellas no eran lágrimas de angustia, esta vez el corazón de la joven no tenía espacio para otro sentimiento que no fuera una inmensa gratitud hacia el cielo por haber preservado la vida de Terrence y una deliciosa sensación de inquietud que había colmado su corazón desde el momento en que su paciente había puesto su

cálida mano sobre la de ella.

La joven se llevó la mano que Terri había tocado hacia su mejilla humedecida y cerrando los ojos esbozó una sonrisa soñadora, como no lo había hecho por más de tres años. Candy había casi olvidado cómo se sentía aquel dulce calor que nacía en su corazón, el mismo calor que entonces trepaba suavemente por cada uno de sus poros hasta invadirla de pies a cabeza. Con esa placentera sensación la joven cayó en un profundo y tranquilo sueño.

No fue hasta que un lento golpeteo sobre la puerta despertó a Candy unas horas más tarde, que la joven regresó de la tierra de ensueño a la que había escapado.



Entra- dijo bostezando, sabiendo bien que el visitante que tocaba a su puerta no era otro que Julienne. Cuando la mujer entró al cuarto, encontró a una sonriente Candy estirándose como una gatita con las mejillas y los labios coloreados de un suave rubor y el rostro iluminado por un brillo jubiloso. Julienne nunca había visto un expresión como esa en la muchacha y no pudo evitar sentir una gran curiosidad.

Parece que has tenido sueños maravillosos – insinuó con una sonrisa sugerente.

No, no soñé nada – dijo Candy sonriente, levantándose con energía – pero anoche me pasó la cosa más admirable.

¿Qué fue? – cuestionó Julienne mientras se preguntaba internamente si Yves tenía algo que ver con aquella sonrisa deslumbrante en el rostro de Candy.

Candy miró hacia la ventana dándole la espalda a Julienne.



Primero pensé que me iba morir al momento. Pasé las horas más espantosas de toda mi vida – empezó ella con un tono más serio – pero esta mañana el sol me cubrió con su calor y me he dado cuenta de que soy la mujer más feliz de la tierra – concluyó dándole la cara a su amiga.

¿Candy, podrías explicarme esto en palabras más simples? – preguntó Julienne terriblemente confundida por las poéticas pero nada claras palabras de Candy.

¡Ay Julie! – dijo Candy felizmente mientras se sentaba cerca de su amiga y le sostenía ambas manos entre las suyas - ¡Él está aquí! Anoche pensé que él moriría y tuve mucho miedo, pero hoy en la mañana, ya había superado la fiebre y estaba consciente. Estoy segura de que se recuperará pronto y ...

Espera un momento, Candy – interrumpió la morena frunciendo el ceño -¿Quién es ÉL?

No fue hasta entonces que Candy comprendió que estaba hablando de Terri con alguien que lo había visto solamente unas cuantas veces. Probablemente su amiga no recordaría ni siquiera el nombre del joven. Sin mencionar que Julienne no tenía ni la menor idea de lo que el joven significaba para ella, o al menos, eso era lo que Candy pensaba.



Bueno, yo estaba hablando de . . . – balbuceó – del hombre que nos acompañó de regreso a París.

Una serie de observaciones aisladas repentinamente encajaron unas con otras en la cabeza de Julienne y abruptamente pudo comprender el significado del cambio en el rostro de Candy.



Ya veo- dijo la morena finalmente- ese hombre sin corazón apareció nuevamente – concluyó abriendo los brazos y desconcertando a Candy con su comentario.

¿Qué quieres decir con eso de “hombre sin corazón”, Julie? – demandó la joven.

La mujer miró a Candy fijamente, luego tomó a la joven por los hombros, con una sonrisa de complicidad en el rostro.



Mi querida amiga – comenzó ella a explicarle – Se necesita a una mujer para comprender a otra. No fue difícil para mi darme cuenta de que tú no conociste a ese hombre el invierno pasado. Ambos se conocían muy bien desde antes, y no sólo eso, estoy segura de que él es el hombre cuya memoria te hizo llorar aquella noche cuando Yves trató de besarte. Él es ese hombre desalmado que te rompió el corazón hace tiempo ¿O me equivoco?

Candy se quedó sin habla por unos instantes, atónita ante la intuición de Julienne, sin saber cómo responder a una pregunta tan directa.



No . . . no es verdad – tartamudeó la rubia – quiero decir. . . sí es él . . . pero no es . .

Julienne cruzó los brazos dándole a Candy una sonrisa de incredulidad.



¡Candy! – dijo ella como regañando suavemente a la joven.

Bueno, quiero decir – trató de aclarar Candy – Sí, yo. . . yo lo conocía . . .y – dudó un instante – yo lo amé . . . teníamos planes . . . luego nosotros . . . rompimos y todo eso . . .

¿Ya ves que es un hombre desalmado? – insistió Julienne – el hombre que deja ir a una mujer como tú debe ser un verdadero tonto.

¡Ay, Julie! – replicó Candy – eres la segunda persona que me dice eso, pero la verdad esque tuvimos que romper por las circunstancias. No creo que hubiese sido culpa de él.

Y como todas las niñas bobas y buenas de este mundo – respondió Julienne – tú todavía estás locamente enamorada de él ¿No es así?

Candy bajó lo ojos torciendo la boca en un gracioso puchero. Permaneció callada por un rato.

¡Ay Julie! – exclamó finalmente - ¡Estás muy en lo cierto! – confesó, admitiendo su derrota.

La joven contó a su amiga la historia resumida del pasado común que compartía con Terri y las causas que los habían separado. Julienne se sintió profundamente conmovida por el triste relato y cuando la rubia hubo terminado su narración, la mujer no pudo evitar derramar una lágrima.

No sé cómo le hiciste para sobrevivir a algo así – dijo Julienne sollozando – Si eso nos hubiese pasado a Gerard y a mi, esta mujer que ves aquí se hubiese muerto de dolor.



Yo pensé que lo haría – dijo Candy con ojos entristecidos – pero luego el tiempo pasa y tú sigues viva. Los días se convierten en meses y de repente una mañana te sorprendes contando los años desde la última ves que estuviste en sus brazos – continúo ella con aire melancólico.

Pero ahora parece que la vida les está dando una oportunidad nueva a ustedes dos ¿No lo crees? – preguntó Julienne tratando de animar a su amiga.

No sé realmente lo que él sienta por mi . . .pero – titubeó la rubia.

¿Pero qué?

Bueno, estoy muy feliz de saber que él va a estar bien y que yo podré ayudar en su recuperación – concluyó Candy pensativa.

¡Ay Candy! – dijo Julienne frunciendo el ceño – ¡Creo que deberías pensar en ti misma más seguido, muchacha! Aprovecha la situación – comentó la mujer con un dejo de picardía en su voz.

¿Qué quieres decir?- preguntó la rubia inocentemente.

¡Mon Dieu, niña! – exclamó la mujer empezando a perder la paciencia ante la ingenuidad de Candy - Él es tu paciente. Tendrás muchas oportunidades de estar con él, hablar, compartir cosas juntos – y luego añadió con una sonrisa maliciosa – podrás llegar a intimar con él. Sabes bien que entre paciente y enfermera hay una especie de relación física.

Los ojos de Candy se abrieron desmesuradamente al tiempo que empezaba a comprender las palabras de Julienne. Entonces el recuerdo de la noche anterior vino a su memoria y se imaginó cómo se hubiese sentido si Terri hubiera estado consciente al momento en que ella lo preparaba para la cirugía.



¡El baño de esponja! – dijo Candy palideciendo.

Sí, ese es un buen ejemplo – comentó la otra mujer con naturalidad – él no podrá dejar esa cama en unos días, y ...

¡NO PUEDO HACERLO! – gritó Candy mientras su rostro dejaba de estar blanco como un papel para sonrojarse con un rosa carmín.

¡Vamos, Candy! – sonrió Julienne- lo has hecho cientos de veces con muchos pacientes.

¡NO, TÚ NO ENTIENDES! – chilló la rubia – YO NO PUEDO HACER ESO..CON ÉL...ES DIFERENTE...SERÍA TAN ...TAN ... ¡EMBARAZOSO!

Pero Candy, sé razonable – la regañó Julienne – eres su enfermera, eso será parte de tus deberes durante los primeros días de su recuperación ¡No seas tontita!- terminó divertida ante la cara horrorizada de Candy.

¡Entonces no seré su enfermera! – concluyó la joven abruptamente mientras se mordía las uñas con nerviosismo- Encontraré una sustituta.

¡Pero Candy..!

Sí, es exactamente lo que haré! Terminó la joven tratando de pensar claro a pesar de su repentina ansiedad. Estaba convencida de que esa sería la mejor solución. Pero no contaba con los planes del propio Terri.

Más tarde, ese mismo día, Terri se despertó una vez más para encontrar que en lugar de su ángel blanco había un hombre alto con un batín de ese mismo color, de pie junto a su cama. El hombre estaba escribiendo distraídamente en una carpeta, pero pronto sintió la fuerza de una mirada que lo observaba. Entonces, los ojos de ambos hombres se encontraron, gris acerado chocando en un tornasolado azul verdoso, e Yves recordó repentinamente quién era el hombre a quien había operado la noche anterior. Ambos permanecieron en silencio por un incómodo instante, cada uno de ellos francamente enfadado por la presencia del otro.



Parece que nuestros caminos se cruzan de nuevo- dijo Terri quien fuera el primero en animarse a hablar.

¿Así es – contestó Yves fríamente.

¿Fue usted quien salvó mi vida?- preguntó Terri con dificultad.

Bueno, soy su doctor, sí – contestó Yves tratando con todas sus fuerzas de recuperar la compostura y actuar profesionalmente. El joven médico estaba algo enojado consigo mismo por su reacción, sin encontrar ningún argumento razonable que pudiese apoyar aquel claro repudio que sentía hacia un hombre que solamente había visto una vez en su vida, y por sólo breves momentos. – Mi nombre es Bonnot, Yves Bonnot – dijo presentándose y ofreciendo su mano al paciente.

Terri aceptó el gesto pero requirió de un gran esfuerzo para estrechar la mano del hombre que tenía en frente.



Terrence Greum Grandchester – dijo el joven mirando fijamente a Yves – estoy endeudado con usted, Bonnot – admitió Terri a pesar de la desconfianza que Yves le inspiraba.

No es así sargento – dijo Bonnot secamente – solamente hacía mi trabajo. Usted fue afortunado de sobrevivir a la cirugía y la fiebre. Ahora todo dependerá de su cooperación con el tratamiento. Tendrá que permanecer en cama, moverse lo menos posible y seguir una dieta rigurosa- recitó Yves luchando por controlar su inexplicable rechazo hacia su paciente.

Estoy seguro de que estoy en buenas manos – murmuró Terri

Gracias – replicó Yves sorprendido ante lo que consideró un cumplido.

Estaba hablando de mi enfermera – dijo Terri con intención ponzoñosa.

Ya veo. - dijo Yves profundamente disgustado pero preparado para contraatacar – Si se está refiriendo a la señorita Andley, debe saber que no es su enfermera particular, ella tiene muchas responsabilidades en este hospital y usted tendrá que ser atendido por otras enfermeras también.

Terri sintió la estocada de la respuesta cáustica de Yves. “¡Sucio y maldito francesillo!” pensó él, “si quieres guerra, guerra tendrás”



Bueno, de todas formas, yo sé muy bien en manos de quién estoy – contestó Terri acentuando las palabras “muy bien” con un aire de superioridad mientras sonreía con malicia.











Patty había recibido una carta más de sus padres en la que le pedían regresase a Florida. La joven dejó la misiva sobre una pilita de cartas que tenía en un cajón olvidado. Se puso de pie dejando la silla en la que había estado sentada mientras contestaba a su familia. Había garrapateado unas líneas para sus padres diciéndoles que permanecería con sus amigos por unas semanas más, y una larga carta para su abuela, llena de detalles. Patty pensó que aún cuando su relación con sus padres nunca había sido lo que debía, ella no podía considerarse tan desafortunada como otros hijos de la alta sociedad, porque siempre había contado con su abuela Martha, quien había sido su ángel y cómplice de sus años infantiles y de su adolescencia. A los veinte años, Patty todavía consideraba a la anciana como su mejor amiga y confidente.

La joven caminó lentamente hacia la ventana y su vista se perdió en la belleza del rosal de la mansión Andley, en las afueras de Lakewood. La vista era todo lo que Candy le había dicho y aún más bella. Bajo el espléndido sol veraniego, las rosas estaban abriendo en toda su gloria, y el aire esparcía la esencia floral por toda la propiedad. Patty sintió cómo la dulce y cálida brisa acariciaba su cara cuando abrió la ventana para aspirar el suave perfume que siempre le recordaba a Candy.

Dentro de la joven de cabellos oscuros, un torrente de nuevas y viejas emociones había comenzado a bañar su alma durante los anteriores seis meses, y en aquella callada mañana soleada, cada una de sus cuerdas internas parecía cantar una canción con sonidos nuevos e inesperados. La joven sonrió mientras soltaba su cabello que le llegaba a los hombros como un oscuro velo, bailando con el viento estival.

Patty, Archie y Annie estaban pasando unos días en la mansión de Lakewood, cuidadosamente vigilados por la tía abuela Elroy. Este último detalle no había sido un obstáculo para las frecuentes visitas de Tom porque, a pesar de la natural resistencia de la anciana a humillarse al punto de alternar con la plebe, ella no podía olvidar cuán especial había sido la amistad de aquel joven para su querido y perdido sobrino, cuya memoria ella no había podido olvidar. Así que, gracias a Anthony, Tom tuvo completa aceptación en la mansión y sus visitas fueron siempre bienvenidas, especialmente por un par de ojos femeninos de un oscuro profundo, que se iluminaban cada vez que la carreta del joven granjero aparecía en la distancia.

La amistad entre Patty y Tom había hecho importantes progresos desde que se habían conocido la Navidad anterior. Las maneras simples y amables del joven se complementaban bien con el modo de ser tímido y dulce que era parte de la personalidad de Patty. De pronto los jóvenes se sorprendieron confiándose sus esperanzas y sueños sobre el futuro, así como sus tristes recuerdos. Tom había compartido con Patty la terrible soledad en la cual había vivido desde la muerte de su padre a causa de un ataque al corazón, un par de años antes. Durante todo ese tiempo, el muchacho se había volcado en el complejo trabajo de administrar su próspera granja; pero repentinamente, trabajar desde el alba hasta el ocaso y aún más, se había vuelto insuficiente al tiempo que su alma le rogaba por otro tipo de consuelo. Patty, por su parte, vertió en Tom todo el desconsuelo que la muerte de Stear había sembrado en su corazón, dejándolo seco y devastado a la tierna edad de 16 años. Poco a poco, la joven pareja empezó a construir lazos sólidos que maduraron en sentimientos más intensos, aunque ellos parecían no darse cuenta de ellos por completo.

Tom había sido el primero en aceptar aquella nueva inquietud de su corazón, pero no encontraba la solución a semejante problema, tan diferente de los retos cotidianos que estaba acostumbrado a enfrentar en su vida de granjero y hombre de negocios. No era solamente el usual nerviosismo de un joven que no encuentra la forma de confesar los sentimientos que lo desconciertan, sino más bien una larga lista de consideraciones acerca de las diferencias de clases entre él y la joven dama de la cual ya se sentía enamorado.

Sin contar ya con su padre para confiar sus dudas, Tom decidió pedir consejo a un hombre que siempre había vivido entre la sofisticación de una familia aristócrata y un profundo amor por la naturaleza y la vida sencilla. ¿Quién más que Albert para ayudarlo a encontrar alguna luz para su confundida mente? Por lo tanto, durante un viaje forzado que Tom tuvo que hacer a Chicago, con el propósito de negociar la venta de su ganado, el muchacho aprovechó la oportunidad e hizo una cita con el joven magnate para hablar con él en privado.



Es gracioso que hayas pensado en mi para discutir este asunto – se rió Albert cuando Tom le había ya contado su dilema – Yo nunca he estado verdaderamente enamorado y no tengo la menor idea de cómo proponerle matrimonio a una joven – confesó el hombre mientras servía una copa de coñac a su amigo. Los jóvenes estaban solos en el gran estudio que Albert usaba como su oficina principal en la mansión de Chicago.

Bien, honestamente – masculló Tom aún abochornado de estar hablando sobre sus sentimientos – Lo que realmente me preocupa es la reacción de ella. Quiero decir, ella es una dama distinguida y su familia tiene una posición, prestigio . . .Yo creo que es posible que ellos no me acepten.

Eres un hombre acaudalado, Tom – comentó Albert sentándose en su silla de cuero favorita, - no creo que Patty sufriría ninguna clase de carencia siendo tu esposa. Además, el dinero es lo que menos cuenta cuando se trata del matrimonio. El amor es lo que realmente importa.

Yo sé que nunca me voy a morir de hambre, Albert, - replicó Tom sorbiendo el cálido líquido – pero a pesar de mi estabilidad económica, no soy un hombre de alcurnia. Mi padre me heredó un hombre honesto, es verdad, pero sin el prestigio del que goza el tuyo, por ejemplo. Adicionalmente, estoy consciente de que fui un huérfano, un hospiciano, y esas cosas tienen peso para la gente de tu clase.

Siempre me has parecido un hombre seguro, Tom – respondió Albert – no veo por qué tengas que estar considerando todas esas tonterías como un obstáculo. Si ella te ama, y tengo mis razones para pensar de que así es, nada debe interponerse en el camino entre tú y ella.

¿De verdad crees eso? – preguntó Tom con los ojos iluminados -¿Crees que ella me ama?

Bueno – se rió Albert divertido con la impaciencia de su amigo – esa es una pregunta que debes hacerle a ella directamente, pero sí, tengo la impresión de que ella siente algo por ti.

¿Y qué con su familia? – preguntó de nuevo Tom, aún temeroso - ¿Crees que ellos aprobarían nuestra relación a pesar de mis orígenes.

Ehh. . . eso es diferente – admitió Albert acariciándose lentamente el mentón - Sé que la abuela de Patty seguramente será tu más ferviente partidaria, pero no puedo decir mucho al respecto de los padres de ella. Sin embargo, no creo que eso sea algo que te deba preocupar demasiado. Si Patty te ama de verdad, ella encontrará la forma de enfrentar las objeciones de su familia y aún llegar al punto de luchar contra ellos si se oponen rotundamente. Es más, cuando la guerra termine, como espero suceda muy pronto, el Sr. y la Sra. O’Brien regresarán a Inglaterra seguramente y eso les dará a ustedes la oportunidad de construir un matrimonio sólido, lejos de la influencia familiar.

Una suave luz chispeó en los ojos de Tom cuando escuchó las reconfortantes palabras de Albert. Aquella noche el joven tomó el tren de regreso a Lakewook con el corazón lleno de esperanzas renovadas. Una firme resolución había sustituido a sus dudas. La siguiente mañana iría a visitar la mansión de las rosas una vez más.





Era una espléndida mañana de Junio y la luz del más brillante de los soles entraba a través de la ventana cerca de la cama de Terri. En la mesa de noche un florerillo con un lirio solitario saludó al joven cuando éste abrió sus ojos para reconocer su entorno. Estaba instalado en un gran pabellón que compartía con otros 15 pacientes, el aire estaba cargado de un fuerte olor a antiséptico y una mujer vestida de blanco le tomaba la temperatura a su vecino.

La enfermera era increíblemente delgada y tenía una nariz enorme, cabello castaño claro atado a la nuca en un rodete y un par de gélidos ojos azul claro. Terri la observó por un rato con ojos atentos. Después de su inspección el joven pensó que aquella mujer podría tener un poco más de 35 años y era decidida y absolutamente fea. Le recordaba a los dibujos del “Mago de Oz”, en un volumen bellamente ilustrado que el joven había leído cuando muy pequeño.

Esa mujer – pensó – se parece a la Bruja Mala del Este – y sin poder contener su diversión ante la ocurrencia, el joven dejó escapar unas risitas sofocadas.

¡Qué bueno que se la esté pasando tan bien por sí solo! Dijo La Bruja Mala, con una sonrisa burlona – Ahora, siendo que parece que usted está sintiéndose tan bien, es tiempo de cambiar esos vendajes y darle un baño, jovencito – continuó la mujer con un acento monótono.

Terri miró a la mujer con los ojos abiertos como platos mientras la voz nasal de la enfermera le penetraba los oídos.

Un momento – dijo sin poder disimular su fastidio - ¿Dónde está Candy?

La mujer no se sorprendió con la pregunta de Terri porque el joven no era el primer paciente que insistía en ser atendido por la enfermera más popular del hospital. Así que tomó a la ligera la pregunta del joven y empezó a preparar a Terri para el baño, sin inmutarse.



¡Hice una pregunta y me gustaría recibir una respuesta! – dijo el joven con exigencia. - ¿Y qué demonios cree usted que está haciendo, señorita? – preguntó visiblemente alarmado cuando la mujer empezó a desvestirlo, y como no parecía poner atención a sus quejas, el muchacho asió a la enfermera por las muñecas para detener sus movimientos.

Así que vas a ser uno de esos chiquillos difíciles ¿Eh? – comentó la mujer burlonamente mientras se liberaba de las manos de Terri con un rápido jalón – Ya me sé todos esos trucos.

¿Dónde está Candy? – preguntó Terri otra vez, sintiendo que subía por su sangre el peor de los humores.

Déjame que te explique cómo son las cosas aquí , hijo – dijo la mujer cruzando los brazos sobre su pecho plano – Estás en este hospital para recuperarte de lo balazos que te metieron en el cuerpo en el campo de batalla, pero eso no quiere decir que serás atendido por lindas niñas rubias para que tu ego masculino se sienta halagado. La señorita Andley ha sido asignada a otro pabellón. Desde hoy yo voy a estar a cargo de ti en el turno de la mañana y ahora mi responsabilidad es darte un baño de esponja. Luego entonces, ¿Vas a cooperar conmigo?

¿UN QUÉ? - Gritó Terri escandalizado con la idea - ¡ En lo absoluto, señora! Yo puedo tomar el baño por mí mismo, sólo dígame dónde . . . – dijo él tratando de incorporarse pero otra vez un agudo dolor le atravesó el cuerpo forzándolo a volver a acostarse.

¡Muy bonito, muy bonito! – reconvino la mujer – Sigue moviéndote así y tus heridas van a abrirse tan lindamente que tendré que darte más puntadas, y sin anestesia. Ahora ya para de hacer y decir estupideces y déjame hacer mi trabajo.

La mujer se aprovechó del dolor que Terri sufría para iniciar el baño mientras un joven muy frustrado maldecía en silencio a la Bruja Mala del Este, al condenado francesillo, a quien él creía responsable por la ausencia de Candy, y al mundo entero.





Cinco días pasaron desde que Terri se había despertado por primera vez en el hospital Saint Jacques. En todo ese tiempo no había podido volver a ver a Candy. La Bruja Mala, cuyo verdadero nombre era Nancy, continuó cuidando del joven en el turno matutino, Yves lo visitaba regularmente cada tarde, siempre evadiendo las preguntas directas de Terri al respecto de Candy, una mujer diminuta llamada Françoise cuidaba del muchacho en el turno de la tarde y, en las noches, una mujer casi anciana continuaba con el trabajo. Ni una señal de Candice White.

Sin embargo, en la mañana del sexto día, Terri se dio cuenta por primera vez de que el lirio reposando en el florerillo de su mesa de noche no había muerto en todo ese tiempo. La madre del joven tenía especial predilección por esas flores y él recordaba bien cuán efímeras solían ser. Terri se preguntó cómo era posible que la misma flor hubiese conservado su lozanía por tanto tiempo. Fue entonces cuando llegó a observar que los demás pacientes no tenían flores en sus mesas de noche ¿Quién podría estar trayéndole aquel sencillo presente asegurándose de que él siempre tuviese una flor fresca para iluminar su día?

Terri dedujo que alguien estaba cambiando la flor por una nueva cada noche mientras él, a pesar de su insomnio habitual, dormía bajo el efecto de los analgésicos. Así pues resolvió que la siguiente noche no tomaría las pastillas que la anciana enfermera del turno de la noche siempre le daba , con el fin de quedarse despierto y averiguar de quién era la mano caritativa que le concedía tan delicado presente. La sola idea de que tal persona fuera Candy le hacía vibrar de gozo.

La noche llegó finalmente, poco a poco los murmullos de los pacientes que charlaban de cama a cama empezó a desvanecerse al tiempo que los heridos iban quedándose dormidos. Cerca de las 12 de la noche el pabellón estaba ya sumido en el más total de los silencios. Fue entonces cuando Terri escuchó pasos femeninos acercándose desde la entrada del pabellón hasta su cama. Los pasos su detuvieron súbitamente frente de él y pudo escuchar el susurro del agua vertiéndose en cristal.

Una mano delicada sostenía un lirio fresco y estaba a punto de colocarlo en el florerillo cuando fue interceptada por otra mano mucho más grande y fuerte.



¡Te atrapé con las manos en la masa, visitante nocturno! – musitó Terri sonriendo ante una sorprendida Candy.

¡Terri!- chilló la joven- deberías estar durmiendo.

¿Cómo puedo dormir si tú me abandonas todo el día?- le reprochó él sin soltarle la mano.

Yo . . . yo . . . no te abandoné Terri- tartamudeó ella – te estás recuperando muy bien y yo . . .yo . . . tengo otras obligaciones.

Pero al menos podrías haberte dado una vuelta para decir hola, ¿O no? – se quejó el joven mientras su dedo pulgar comenzaba a acariciar suavemente el dorso de la pequeña mano que tenía aprisionada. Era verdad que él se había sentido un tanto herido por la ausencia de Candy durante los días anteriores, pero el hecho de que ella lo había estado visitando cada noche para colocar una flor fresca en el vaso significaba tanto para él que ya había olvidado sus resentimientos. Además, la piel de la joven se sentía tan perfectamente tersa y cálida bajo su toque que él simplemente no podía estar enojado con ella por más tiempo.

He estado algo ocupada – se excusó ella- Ahora, Terri, ¿Podrías regresarme mi mano?- rogó ella nerviosa, ansiosa de cortar el contacto físico con el joven antes de que él pudiera darse cuenta que le estaba provocando escalofríos que le recorrían todo el cuerpo.

No hasta que me prometas que te quedarás a conversar conmigo un rato – dijo él mirándola con ojos fervientes.

¡Son más de las doce de la noche, Terri!- respondió Candy escandalizada – ¡Ya deberías estar durmiendo!

Simplemente no puedo hacerlo. Además, todo ha sido tan aburrido durante estos días – insistió él sin dejar de sujetarla.

¡Está bien, tú ganas! – se rindió ella alzando la mirada- pero déjame poner la flor en el vaso.

El joven soltó la mano de Candy con reticencia y a pesar del alivio que ella sintió, la muchacha también pudo percibir una terrible frialdad que la invadía una vez que su piel ya no sintió más el toque de la piel de Terri. Ella colocó la flor en el vaso mientras pensaba desesperadamente en la excusa que iba a darle a Terri. Tal y como ella había decidido desde el primer día, Candy había solicitado ser asignada a un pabellón distinto después de que Julienne le había hecho notar lo que tendría que enfrentar al estar cuidando del joven. Desde entonces, ella había deseado volver a ver a Terri, pero como tenía miedo de enfrentar las preguntas del joven y no se le ocurría cosa alguna para explicar el cambio, había preferido mantenerse lejos.

A pesar de sus miedos, la joven había decidido regalar a Terri con una flor cada día, de modo que él tuviese algo hermoso a su alrededor para iluminar los días grises en el hospital. Pero ahora que había sido descubierta in fraganti, no tenía la menor idea de cómo manejar la situación.



¿Qué has estado haciendo todo el tiempo que podía ser más importante que cuidar de un viejo amigo en desgracia? – preguntó él juguetón mientras ella se sentaba en silla cercana.

Bueno, cientos de cosas – tartamudeó ella – He estado trabajando muchas horas en cirugía.

Yo, por el contrario, no he tenido nada que hacer más que extrañarte y aburrirme – le increpó él dulcemente con una mirada intensa – Has sido muy cruel con este amigo tuyo.

Pero has estado en buenas manos – se defendió ella.

¡Ah sí, por supuesto! – se sonrió Terri burlón – La Bruja Mala del Este, La Señorita de las Manitas Frías y Mamá Ganso, eso sin mencionar al patético francesillo.

¿De qué estás hablando Terri?- preguntó Candy confundida – ¿La Bruja Mala del Este?

Estoy hablando de esa dulce Nancy quien insiste en restregarme la piel hasta que está roja e hinchada – se quejó él - ¡Santo Dios! Ella es la cosa más horrible que he visto jamás. Debería de haber una ley que prohibiese a los hospitales el contratar mujeres tan horrorosas como enfermeras.

¡Terri! – gritó ella visiblemente molesta – Nancy es una enfermera competente y tú no deberías llamarla con un apodo tan espantoso ¿Alguna vez aprenderás a llamar a la gente por sus verdaderos nombres?

Los nombres verdaderos son aburridos- respondió él con frescura – Toma por ejemplo “Tarzán Pecosa” ¿No es más interesante y significativo que Candice?

¡Ay Terri, tú eres imposible – le reconvino ella.

No, estás equivocada, querida, - dijo él enviándole una mirada relampagueante – quien realmente es increíblemente insoportable es tu patético francesillo.

¿Y quién es ese, se puede saber?- demandó Candy.

¿Quién más que esa desgracia de doctor que tengo que soportar? – explicó él con tono amargo.

¡Terrence! – dijo Candy como en un reproche – ¡Yves es un gran médico y en caso de que no te hayas dado cuenta, él salvó tu vida!

Ah sí, sí, ya sé esa parte del cuento, y estoy agradecido – aclaró él – pero no puedo soportarlo porque sé bien que él debió haber sido quien arregló las cosas para mantenerte lejos de mí.

¿De qué estás hablando? – preguntó Candy con incredulidad - ¿De dónde sacaste esa idea tan descabellada?

¡Vamos, Candy! ¿Crees que soy tan estúpido como para no darme cuenta de que el francesillo ridículo babea por ti? – replicó él comenzando a molestarse.

¡No te voy a permitir que hables de Yves de esa manera. Él no tiene nada que ver con el hecho de que yo ya no esté trabajando en esta área ¡Fui yo quien pidió el cambio! – barbotó Candy y cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer ya era demasiado tarde como para retractarse. Las palabras ya habían sido pronunciadas.

¿Ah sí? – dijo Terri con resentimiento – Así que tú decidiste que yo era una clase de leproso y su alteza real prefirió hacerse a un lado.

¡No entiendes, Terri! – Candy replicó atrapada otra vez en el viejo hábito de las peleas verbales.

¡Por supuesto que entiendo! – continuó él – pero te digo una cosa señorita Andley, ¡No te vas a deshacer de mi tan fácilmente!

¿Es una amenaza? – preguntó ella en tono desafiante.

¡Tómalo como gustes, pero pronto vas a oír de mí! – concluyó él cruzando los brazos.

¡Muy bien, pues anda y comienza! – dijo ella levantándose de la silla y dejando el pabellón encolerizada.

Candy se detuvo justo después de que había salido de la habitación. Sus mejillas estaban sonrojadas por las contradictorias emociones y su corazón latía furiosamente. Las palabras de Terri resonaban en sus oídos como un eco insistente.



¡“La Bruja Mala del Este”! - susurró ella sin poder controlar una sonrisa - ¿De dónde saca todos esos nombres? Y qué fue eso de que Yves babea por mi . . .¿Podría ser posible que Terri ... estuviese... que él estuviese... celoso? - Candy negó con la cabeza desechando la idea mientras se dirigía hacia su cuarto.

En su cama, Terri miraba la flor que la joven había dejado en su mesa y con una sonrisa en sus labios se quedó dormido mientras planeaba sus movimientos para el día siguiente.





¿Qué sucede Doctor Collins? – preguntó el Mayor Vouillard cuando el doctor norteamericano entró en su oficina una plácida tarde. Vouillard había sido informado de que había un emergencia en uno de los pabellones.

Bueno, señor – comenzó el hombre confundido – Me temo que hay una clase de. . . de . . .

¿De qué Dr. Collins? – demandó Vouillard impacientemente.

Un motín – masculló Collins.

Repita eso – solicitó Vouillard incrédulo mientras fruncía sus tupidas cejas oscuras.

Un motín, señor – repitió Collins palideciendo – los pacientes en todo el pabellón se han alzado como en una huelga, se niegan a seguir las prescripciones médicas y hasta han dejado de comer.

En toda su vida sirviendo en el ejército Vouillard nunca había oído una cosa tan inverosímil como la escandalosa idea de personal militar lanzándose a huelga. El hombre se sentó en su silla rascándose la nuca.



¿Podría usted decirme por qué están protestando los pacientes? – preguntó Vouillard después de haber conseguido controlar su asombro.

Verá usted, señor – comenzó Collins con voz casi imperceptible, sin saber claramente cómo explicar lo que estaba pasando – ellos, de hecho, están pidiendo a una enfermera en particular.

¿QUÉ?- gritó Vouillard.

Esta enfermera – continuó Collins – estaba trabajando en ese pabellón hace algún tiempo, luego se le cambió, y los pacientes la quieren de regreso.

¿Y se puede saber quién es esa enfermera tan popular? – preguntó Vouillard irritado.

La señorita Andley, señor – dijo el médico.

Vouillard se llevó la mano derecha a la frente en signo de frustración mientras negaba con la cabeza con incredulidad.



¡Esa niña me va a volver loco uno de estos días! – exclamó.

¿Qué debemos hacer con los pacientes, señor? – preguntó Collins temeroso.

¡Por el amor de Dios, Collins! – dijo Vouillard abriendo los brazos en un gesto nervioso - no tenemos tiempo para estas tonterías, la Srita. Andley puede trabajar aquí o allá siempre y cuando sea en un lugar seguro. Mándela de regreso a su primer pabellón y deje que los pacientes gocen con su hermosa presencia una vez más, pero si hay otro más de estos . . . motines, me veré forzado a enviarla a otro hospital.

Después de una larga espera que había parecido eterna para Terrence Grandchester, una esbelta y blanca figura apareció a la entrada del pabellón que él compartía con otros hombres. La cama de Terri estaba colocada en una esquina, al fondo del amplio galerón, iluminada por una gran ventana. Desde su puesto podía ver cómo la silueta femenina se movía lentamente de cama a cama saludando a sus pacientes con una sonrisa y regalándoles unas cuantas palabras animosas. Esta vez el joven se dejó gratificar libremente con la placentera vista.

Sus ojos devoraron cada centímetro de la figura curvilínea de la joven, que se hallaba deliciosamente envuelta en un uniforme blanco cuya falda le llegaba hasta los tobillos. La mente de Terri jugó con el recuerdo de una Candy quinceañera que se cambiaba la ropa una cierta tarde de mayo, pero la joven que tenía frente a sus ojos al presente era aún más hermosa y tentadora que los recuerdos que él atesoraba. Internamente bendijo a la naturaleza que había agraciado a la mujer que él amaba con una figura tan inquietante.

Desde la noche en que había descubierto a Candy en su furtiva visita, ella había regresado a cambiar el lirio diariamente por las mañanas. Pero no habían tenido mucho tiempo para hablar porque ella siempre estaba de prisa. Solía sonreírle al joven y dejarlo inmediatamente. Él había pensado tanto en las cosas que podría decirle la siguiente vez que tuviera la oportunidad de hablar con la joven rubia, pero mientras ella se acercaba a su cama, el joven se perdió en su admirada contemplación y la cabeza no respondió más a sus órdenes.

Las cosas no mejoraron cuando él observó cómo más de un paciente miraba a la joven con la natural fogosidad de un ojo masculino que ve pasar a una mujer hermosa. Pero no podía culpar a sus compañeros, especialmente cuando él estaba en deuda con ellos por el apoyo que le habían prestado cuando al joven se le ocurrió la idea de forzar el regreso de Candy al pabellón. No había sido difícil para el elocuente joven el convencer a los hombres para que protestaran firmemente hasta que consiguieron que la muchacha fuese asignada como la enfermera del turno matutino, en lugar de la Bruja Mala del Este.

Así que la presencia de Candy en el pabellón era solamente el resultado la astuta manera en que Terri había manipulado las voluntades de los demás. Se podía sentir orgulloso de su logro, pero aquello había sido nada más que la primera parte de su plan. Ahora la segunda parte debía de dar comienzo: vencer al “sucio francesillo”, era el siguiente objetivo en su orden de ideas. Entonces, Terri recordó su último encuentro con Yves y la sangre le empezó a hervir en las venas poniéndolo en el peor de los humores.



Así que finalmente consiguió lo que quería, sargento – fue la primera cosa que Yves le había dicho la tarde anterior durante su visita diaria.

Pues ya ve que podemos confiar en nuestros procesos democráticos y en el poder del pueblo. Usted es francés, debería saberlo, Sr. Bonnot. – replicó Terri con desenfado.

¿Puedo preguntarle algo sargento? – inquirió Yves con ojos flameantes mientras revisaba las heridas de Terri -¿Cree usted honestamente que la señorita Andley tendrá el tiempo y el humor de soportar los ridículos coqueteos de usted?

Muy gracioso, Sr. Bonnot – se sonrió Terri burlonamente - pero no podía esperar menos de un hombre que no se da cuenta que tiene sus esperanzas puestas en un sueño imposible – continuó el sajón cáusticamente - ¡Ay! ¡Eso dolió! – chilló el joven cuando sintió cómo Yves lo pinchaba accidentalmente justo donde la herida dolía más.

¿Qué quiere usted decir? – preguntó Yves mirando a los ojos endurecidos de Terri y pagando a su rival con la misma luz amenazante.

Lo que oyó, doctor – respondió Terri – estoy consciente de sus intenciones con Candy. Las cuales siempre han sido honestas. Algo que no puedo decir de las suyas – replicó Yves sorprendido ante el abierto reto de su rival – Como yo veo las cosas , usted está solamente buscando algo de diversión mientras permanece en este hospital. Así pues, le advierto, Grandchester, no trate de pasarse de listo con la señorita Andley . . . ¿Y desde cuando usted la llama Candy?

La última pregunta fue la clave que pintó una sonrisa de superioridad en el rostro de Terri . “Esa es la señal que yo estaba buscando”, pensó.



Es una historia muy larga, doctor – dijo Terri con aire de mofa – pero usted se equivoca si piensa que quiero jugar con Candy. Al contrario, ella es una vieja amiga mía.

Las palabras de Terri se hundieron en los oídos de Yves con un sabor ponzoñoso: “¿Conocía Candy a ese hombre tan bien como él sugería?” se preguntaba internamente, pero a pesar de su sorpresa Yves consiguió responder a la insolente mirada de Terri.



Entonces, espero que se comporte como un buen amigo y no la moleste – dijo el galo fríamente – Por cierto, de mañana en adelante podrá empezar a parase y desplazarse en la silla de ruedas. Podrá tomar un baño por sí solo – fueron las últimas palabras de Yves antes de que dejara solo a Terri.

Sí, sólo el recuerdo de la conversación hacía que Terri sintiera ganas de estrangular a su doctor, pero la gloriosa visión que estaba aproximándose a su cama le hizo olvidar su enojo cuando Candy finalmente lo saludó con una sonrisa.



¡Buenos días, Terri! – dijo ella dulcemente – Como puedes ver, ganaste tu pequeña revolución.

El joven miró a Candy buscando algún signo de enfado o resentimiento en su rostro, pero solamente pudo ver aquella brillante e ingenua expresión que lo había embrujado desde siempre. Había pensado que ella estaría enojada con él por haber armado todo un escándalo para tenerla como su enfermera y estaba, hasta cierto punto, preparado para otra pelea verbal con la muchacha. No obstante, lo que encontró en lugar de un ceño fruncido fue un par de ojos verdes seductores y afectuosos que miraban directo a los suyos.



Te dije que oirías acerca de mí –dijo él ganando confianza con la amigable actitud de la joven – pero pensé que estarías enojada conmigo.

No hay motivos para eso – contestó ella mientras revisaba el reporte médico – Yo había pedido ser trasladada a otro pabellón porque habían unos casos interesantes allá – mintió ella con los ojos fijos en el papel para que él no pudiese observar su nerviosismo – pero esos paciente ya fueron dados de alta, así que no tengo ninguna objeción de trabajar aquí. De hecho, debo admitir que fue algo . . . halagador que todos ustedes me quisieran de regreso con tanto fervor – concluyó ella dejando el papel a un lado y preparándose para darle a Terri sus medicamentos.

La verdad era que Candy se sentía mucho más segura de trabajar con Terri para entonces, ya que el doctor le había autorizado comenzar a moverse. Él podía ser un tanto más independiente y ella no tendría que enfrentar situaciones demasiado embarazosas con el joven. Cuando se le había ordenado volver a su antiguo puesto, Candy había recibido con alegría aquellas disposiciones por la obvia razón de que le permitirían estar más cerca de Terri por mucho más tiempo. “Después de todo” había pensado ella sorprendiéndose a si misma, “Julie podría estar en lo cierto . . . y tal vez esta pudiera ser . . . . una nueva oportunidad” . Sin embargo, ella no podía evitar pensar en Yves al mismo tiempo.



Supongo que a tu doctor no le gustó mucho la idea – insinuó Terri ladinamente mientras observaba intensamente cada movimiento de Candy.

¡Ya deja de jugar Terri! – le reconvino Candy al tiempo que trataba de reunir las agallas para descubrir los vendajes de Terri bajo la mirada penetrante del joven – Yves no es mi doctor y no tiene ningún motivo para molestarse por el asunto – respondió ella.

Pues él está locamente enamorado de ti ¿Te habías dado cuenta? – insistió él, en parte porque quería ver la reacción de la joven ante el comentario, pero también porque necesitaba seguir hablando para disfrazar las perturbadoras emociones que despertaban en él las delicadas manos de Candy volando sobre su piel y rozando ligeramente su pecho desnudo, como si se tratara de mariposas juguetonas.

No creo que la vida privada de Yves sea de tu incumbencia, Terri – dijo ella con aire serio y mirándolo directamente a los ojos por segunda vez en la mañana, pero inmediatamente esquivando su mirada. Candy tenía miedo de las acuosas profundidades en los ojos de Terri.

Me importa siendo que se involucra contigo, de cierta forma, mi querida amiga – susurró él atrapando la mano de Candy en las suyas, una vez más.

Pues mi vida privada tampoco debería de ser de tu incumbencia – replicó ella cortante y logrando liberar su mano del apretón en que Terri la tenía prisionera – pero de todas formas, debes saber que Yves es solamente mi amigo y desde ahora en adelante me gustaría que dejáramos de hablar de él ¿Está bien? – preguntó Candy en un tono imperioso.

Terri se sintió más que satisfecho con las últimas palabras de Candy. Había conseguido justamente la información que estaba buscando. Así que no había nada formal entre ellos, como él se había imaginado aquella noche de invierno. El padre Graubner estaba en lo correcto, después de todo: “había esperanza”. El joven sintió como si un jarabe dulce se resbalara por su boca hasta alcanzar su corazón. Si no hubiese estado herido seguramente se habría puesto de pie para bailar de alegría. Entonces, pensando que ya había presionado lo suficiente para ser el primer día se rindió mansamente ante las autoritativas palabras de Candy.



Está bien, es un trato, no más plática sobre el “francesillo”- dijo levantando su mano derecha.

Su nombre es Yves – replicó ella severamente.

Está bien, no hablaré de . . .él – respondió Terri luciendo su sonrisa más inocente pero aún así resistiéndose a llamar al joven médico por su verdadero nombre.

Candy le correspondió la sonrisa, consciente de que el mal hábito de Terri de apodar a cada ser humano que se cruzaba por su vida, era una costumbre demasiado arraigada como para desaparecer solamente porque ella lo ordenaba. Pero a ella no le importaba realmente porque aquél era solamente uno de los muchos detalles que ella admitía en él con la misma aceptación cariñosa que tomaba sus virtudes.





Era ya muy tarde en la noche cuando Candy se fue a la cama. Había sido un día pesado cubriendo largas horas en el pabellón y haciendo trabajo extraordinario en cirugía. La joven había escuchado que Flammy regresaría a París al día siguiente y tales noticias la habían puesto de muy buen humor. La rubia estaba realmente ansiosa de ver de nuevo a su vieja amiga. Además, la habitación que ambas compartían se veía muy solitaria sin ella.

Candy abrió la ventana para sentir la brisa nocturna. Era una espléndida y estrellada noche estival. Desde arriba, las titilantes luces del firmamento parecían saludarla y jugar traviesas en la verde y suavemente brillante superficie de sus ojos.

La joven había soltado su cabello y éste caía hasta su cintura en una catarata dorada de rizos caprichosos. Candy se llevó las dos manos hacia la nuca enterrando los dedos en la larga melena. Era realmente una noche cálida. Tal vez demasiado cálida como para dejar que se apaciguasen en su corazón las ansiedades provocadas por las emociones del día. No podía olvidar ni ese par de ojos claros que la observaban con una mirada tan atrayente, ni el recuerdo de sus propias manos sintiendo los firmes músculos del pecho y brazos del joven. Era imposible ignorar cuan persistentemente él buscaba rozar la piel de ella y como cada una de sus frases estaban siempre impregnadas de afecto ¿Sería posible que después de los años, después de todo el tiempo que él había estado con Susana, conservase aún sentimientos hacia ella? ¿O estaba solamente embromándola con uno de sus juegos?



Él es famoso, tiene una carrera próspera, y es terriblemente apuesto – se dijo ella – Muchísimas mujeres deben de acosarlo todo el tiempo ahora que saben que es libre. Estoy segura de que la mayoría de esas mujeres son mucho más hermosas y sofisticadas de lo que jamás podré ser yo ¿Podría él conservar aún algún cariño para esta simple enfermera que una vez fue su novia del colegio? . . . . Sin embargo, él llamó mi nombre en su delirio. . .

Candy bajó la mirada y sus ojos se toparon con una tarjeta que alguien había dejado en su mesa de noche. Inmediatamente reconoció la letra de Yves en el sobre.

La joven abrió la carta y leyó su contenido:



Mi querida Candy:

¿Me harías el honor de aceptar mi humilde invitación?

Me gustaría llevarte a las festividades de la Toma de la Bastilla.

Habrán juegos artificiales y un baile.

Te aviso con anticipación para que puedas considerarlo con calma.

Siempre tuyo

Yves

Candy suspiró recostándose en la cama mientras se frotaba el mentón con la tarjeta, preguntándose qué era lo que estaba pasando en su corazón.

5 comentarios:

  1. Yves tambien es muy bueno.....
    es como si anthony volviera a la vida! :O
    haha esta rivalidad que yo queria que Anthony y Terry tuvieran! :D aww! esta muy bueno seguire leyendo! :'3

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  2. me alegro...estuvo muy bueno.....seguire leyendo hasta el final......=D saludos!!!

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  3. Me alegra tanto haber dado con este blog!!! Mi frustracion de Candy Candy se desvanece... Seguire leyendo hasta el final!

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  4. Este es el encuentro que muchas esperabamos despues de quedarnos estupefactas cuando al final terry no volvio a aparecer......... alivia mi pena de cuando era una niña *-* esta es mi segunda vez leyendo este fanfic

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